martes, 3 de febrero de 2015

Nisman o la política excluyente

La gente de a pie no tenía ni idea qué era eso de la “guerra de inteligencia”, ni de qué la iba la denuncia del Fiscal Nisman. Era otro capítulo más de la puja entre el gobierno y el monopolio. De pronto, y por arte mediático, la cara del fiscal inunda los medios: hallaban su cuerpo muerto sin vida.

¿Alguien vio el cuerpo? Sólo queda confiar en los que dicen haberlo visto. Y sólo queda confiar. Confiar en los que dicen haberlo visto suicidado; en la palabra de otros, (algunos de los cuales operan sin escrúpulos), mientras nosotros miramos la pantalla.

Pero no es un momento apacible donde sólo queda confiar y ya. Muerto el fiscal, (o mediáticamente muerto el fiscal, o el fiscal muerto en los medios), es cómo si la burbuja de vidrio con nieve adentro se agitase fuertemente y empezase el juego de las sillas. La noticia es replicada a toda velocidad y lo único que se sabe es que el tipo está muerto. A ver, algunos lo saben, la mayoría, la extrema mayoría de la audiencia, de los espectadores, de los consumidores de información, no sabemos nada, sólo tenemos información muy manipulada. El juez, los que instruyen en la causa, algunos peritos, y algunos participes de las esferas más altas del poder político, económico y mediático realmente saben. A nosotros, los espectadores, sólo nos queda confiar, mirar, escuchar, leer.

Volviendo a la burbuja de cristal con nieve adentro: la noticia, y las interpretaciones, se multiplican rápido, y empieza un combate político (abierto por las incertidumbres del caso). ¿Lo mataron? Y si lo mataron, ¿lo mato el gobierno? ¿O lo mató otro agente interesado?, (la CIA, un ex SIDE, el Mosad, los Iranies). Y si se suicidó, ¿fue inducido?;  y si no, ¿sólo hubo convicción, sin influencia de terceros? Y si se suicidó sin ser inducido, ¿fue porque se vio derrotado y avergonzado por un probable papelón al denunciar una fantochada? ¿o su suicidio es parte de una estrategia altruista, y el fiscal ha querido adjuntar, a una denuncia sosa, un fiambre? Porque, a mi entender, esa denuncia no es más que otro episodio de “Periodismo para todos”, acompañado por firma, sello y membrete. Sin embargo, con cadáver adjunto, la denuncia deviene un verdadero artefacto explosivo.

Usualmente, ante circunstancias similares, es decir, un fiscal que denuncia al presidente, y aparece “suicidado”,  la historia enseña que a ese muerto se lo cargó el poder político; (es decir algún esbirro del poder que operó con toda la impunidad que el caso le permitía). Sobre esas marcas que ha dejado la historia de la política en la población se acomoda el caso Nisman. Pero hay otras marcas más. Hemos visto al poder económico, mediático, para-político, operar de los modos más tenebrosos y desestabilizadores. Entonces sobre esas marcas también se apoya el caso Nisman.

El tema es que, en lo inmediato, mucho antes que la Justicia hable, existe una urgencia política en los operadores. Y esos operadores van a montar sus trucos sobre las marcas antes dichas. Hay una potencialidad política en la situación abierta a la que se le puede sacar provecho. Y esa potencialidad caduca. Cuando la justicia se expida ya se habrá agotado. De hecho la potencia surge del desfasaje temporal entre la vertiginosidad mediática y la minuciosidad judicial (ni hablar de la parsimonia burocrática). En ese tiempo en que el elefante blanco dictamine la verdad jurídica, la verdad mediática será zamarreada de aquí para allá.  Esa verdad es transitoria, es efímera, pero tiene efectos concretos y altas chances de mover el tablero.

Esa guerra por la verdad urgente y mediática produce espectadores de la política. Producen sujetos que quedan paralizados sin capacidad crítica, reducidos a consumidores fieles a sus vehículos de información.  Todos aquellos que hemos sido interpelados por la primera noticia, la que decía del hallazgo del cuerpo del fiscal, hemos sintonizado el canal, el programa, el diario, la página que acompaña nuestras sospechas; y las alimenta. Nos hemos vuelto repetidores activos de contenidos, polemizadores acérrimos, acríticos, monocordes, monotemáticos. Todo ello produce empobrecimiento simbólico, signado por el antagonismo automático. En la base de la pirámide sólo encontramos radicalización de la opinología.  

El caso Nisman es tan incierto, estamos, los de a pie, tan lejos de saber algo sobre él, que sólo nos queda reforzar el posicionamiento ideológico anterior. Para cada sujeto no hay dudas al respecto. No hay dudas que lo mató el gobierno. No hay dudas que es una jugada del monopolio o del Norte. No hay dudas que todo esto es una prueba más de lo abyecta que es la política. ¿Y por qué nadie duda? ¿Por qué  frente a un caso plagado de incertezas los espectadores políticos no tenemos dudas? Porque la duda aparece cuando tenemos un cuadro de situación parcialmente armado y de modo intermitente aparecen opacidades. Es decir, sólo cuando nos podemos figurar el cuadro general, pero algunos aspectos parciales nos quedan en las sombras, tenemos dudas.

Si todos los aspectos de la situación son evidentes no hay dudas. Pero si ninguno lo es tampoco podemos formarnos la. Y ante la impotencia de hacernos la duda nos quedan dos caminos: o bien mantenemos la incertidumbre (lo cual, creo, estamos a millones de años luz de distancia, y además poseemos una ajenidad cultural de dimensión geológica con respecto a tolerar la incertidumbre), o bien tomamos posición de certeza. Entonces todos opinamos y aseguramos saber qué pasó: lo mataron, lo indujeron al suicidio, se suicidó, son todos unos boludos, la política es una mierda, se mató por forro, lo mató el Mossad, etc, etc, etc...

Si algo defiendo del kirchnerismo es su capacidad de politizar la sociedad. Lo hizo con el conflicto con el campo y la 125, lo hizo con el matrimonio igualitario, la ley de identidad de género, la ley de medios y la democratización de la justicia. Defiendo la horizontalización de la política, la politización de la sociedad, la generalización de la participación. Pero el caso Nisman logra la victoria de la política excluyente, la verticaliza, arma una pirámide donde el juego se juega en el vértice y lo juegan pocos. Nadie sabe nada y lo poco que se sabe lo saben pocos. Todo se vuelve incierto y se propaga la angustia. “si te metes con el gobierno te matan”; “si te metes con la corpo y los de Norte te tiran un muerto”;  “si te metes en política, o querés cambiarla, te matan, o te tiran un muerto, o apareces suicidado”.  Sólo queda confiar, mirar la pantalla y opinar, mientras las fichas las mueven unos pocos, quieran o no.

Quisiera este alboroto por las denuncias de un poeta y no por los delirios de un fiscal. ¿Se imaginan si un poeta se las pasa diciendo a los cuatro vientos que va a denunciar al presidente y luego aparece “suicidado”? ¿Tendríamos este quilombo? Pues no. Y por eso, porque nos conmueven los delirios de un fiscal empedernido, sospechoso de todo, sin pruebas de nada, es que nos resta mil años de maleficios. El día que le temamos al poeta muerto por sus denuncias, y no a los delirios del fiscal, ahí habremos logrado algo como civilización.

.


viernes, 9 de enero de 2015

Roja mi sangre

Estamos dentro de un misterio
el misterio del color
de la camiseta

 

Un misterio generoso
que siempre tiene más para dar
y cuando pensas que  perdemos 



vuelve Independiente 
y hace dos goles
y lo da vuelta
el misterio da vuelta
el fondo arenoso el devenir




Otra vez el infierno 
en Gerli, Avellaneda
tomando birra, escuchando Flema
al calor del fuego que asa costillas

http://www.youtube.com/watch?v=2_GQDZBjoHg


Flema, birra, fuego, asado
El rojo se cogio a la academia
otra vez, y son 23












El misterio no se revela 
pero se muestra, 
se abre ante nosotros
en un rincón de Avellaneda
gritando su secreto
gooooooooooooool, la concha de tu madre, gooooooooool!!!



y la muerte, tan generosa, como la alegría y el juego


con caprichos, eso sí


sábado, 3 de enero de 2015

Hacia un Teoría General de la Boludez




1. El boludo es mas peligroso q el hijo de puta.

2. El q se hace el boludo se manufactura boludo.

3. La boludez no es un objeto sino la distancia entre hacer las cosas bien y ser un boludo.

4. Cuando uno se reconoce boludo, ya es la mitad de boludo respecto de quien no lo hace.

5. La boludez opera con las artes de la simulación. Algo puede parecer boludo y no serlo, y viceversa.

6. Habría, al menos, tres tipos de boludos: a) quien no goza de destreza física y choca o tira cosas; b) quien no esta a la moda ni en el vestir ni en los temas en boga; c) quien no posee sensibilidad ni interés social, politico o intelectual...

6, bis. El boludo b), el q no está a la moda, suele ver como boludo al c), es decir quien no posee sensibilidad social, politica y/o intelectual. Y viceversa, el boludo q no posee sensibilidad social suele ver como boludo al que no esta a la moda. Una caracteristica de los boludos es que creen que el boludo siempre es otro.

7. En los grupos, el boludo es un lugar estructural. Llegado el caso en que el boludo instituido se mude de grupo su lugar lo ocupará quien más próximo se ubique respecto de dicho sitio.

7, bis. Por lo dicho antes, no es de extrañar que los cuasi boludos sean siempre quienes mas estigmaticen y remarquen la etiqueta del boludo instituido.

8. El rol del boludo en el grupo es marcar como piolas al resto de los integrantes.

9. Boludo! Como insulto, puede funcionar como acelerador de pasaje de categoría etaria, dirigido contra quien ya tiene las bolas grandes para seguir haciendo pendejadas.


11. En el terreno de la paradoja, no hay mas boludo q el ex boludo.

12. Boludazo es el q se mató por meterse un tres tiros en la boca, pero al revés.( http://www.lagaceta.com.ar/nota/471261/tucumanos/joven-murio-explosion-petardo-boca-estaba-ebrio.html)

13. El boludo no tiene término medio, o se mata o se sustrae de todo riesgo, por lo tanto muere.

14. El mote de boludo no siempre llega de afuera, en ocasiones el sujeto se postula como tal.

14 bis. No son todas malas para el boludo, serlo goza de incontables beneficios secundarios q se pagan con dicho rotulo.

15. Cuando uno es boludo la fisonomía queda pronto determinada.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Angustia

Es la cero hora. Cero, nada, ¿qué mejor momento para empezar a escribir sobre la angustia?

Como otras veces, como siempre, no voy a escribir sobre la angustia en términos objetivos, ajenos y distantes. Voy a escribir sobre ella porque es lo que me pasa. Si fuese fotógrafo y viajo a las sierras, le sacaría fotos, porque de donde soy no hay montañas, sólo planos y un río grande como el mar. Por eso, porque no es cotidiana ni habitual la angustia, ahora que se me ha instalado, la aprecio fascinado.  La angustia es como una montaña en una planicie dónde ayer no había nada. No me pasa seguido, por lo menos no tan consciente. Está aquí, en mi cuerpo, lo ha tomado por completo, tiene una presciencia irremediable e irrefutable, aunque no pueda verla, ni tocarla.

No se cuántos modos de aparecer y llegar tiene. En mi, irrumpió ni bien me dieron las nuevas: "tenemos no buenas noticias". La muerte hizo su trabajo, de eso se trataba. Cuando lo escuche de cuerda vocal del médico, deje de oir, se me fue la audición por unos segundos, y cuando volvió sufrí un mareo. Me aturdió como un golpe. "Falleció esta madrugada". A partir de entonces iba a repetir, y a escuchar, esa palabra, que quiere ser respetuosa, mantener las distancias. Falleció es la palabra que usamos para dar la noticia de la muerte. No dije, ni escuché decir "fulano murió", salvo en contextos íntimos y familiares.

Ni bien me repuse del mareo fugaz, fue como sentir una coraza que se armaba y me endurecía. Defensivo le escupí al matasanos: "ya lo sabía".¿Cómo iba a saberlo? Habré querido decir, "lo intuía, lo esperaba"; pero ¿saberlo?. El tipo seguía hablando y diciendo cosas que, supongo, el creía que yo quería escuchar: que "falleció durmiendo", que "no sufrió". Ahora no lo escuchaba, (que no es lo mismo que no oírlo), en mi cabeza buscaba cómo seguir. De pronto lo interrumpo "¿y a dónde voy ahora?, en el Hospital debe morir gente todo el tiempo, ¿qué hacen los familiares?" . El medico sigue insistiendo en un monólogo: falleció, dormido, sin doloranestesia, paro cardio respiratorio. Vuelvo a interrumpir, enojado, "¿Dónde voy? ¿Qué tengo que firmar? ¿Dónde retiro el cuerpo?". Las palabras firmar y cuerpo, vallaron su actuación: "Anda con la trabajadora social".  Me fui entonces por el hospital y mientras caminaba me llamó la atención que no podía leer los carteles. Los carteles parecían con errores, pero no podía determinar si sí, o si no, estaban mal escritos. ¡No podía leer! O mejor dicho, sabía que podía hacerlo, pero requería de mi unos recursos enormes; cuando en una situación normal, en un pestañear, habría entendido los letreros.

Cuando llegué con la trabajadora social sentí alivio. Al fin alguien que trate el tema de manera burocrática. La tan odiosa burocracia, el trámite, la diligencia, ahora eran como un colchón inflable, como un airbag que impedía que desquicie. Retroactivamente puedo ver que lo más duro de todo fueron esas cinco, o seis horas, en que demoré en poner en marcha la maquinaria administrativa que se encarga de estas cosas. La gente muere todo el tiempo y existen un espeso manojo de procedimientos, empleados y oficinas que se encargan de hacer algo con el fallecimiento, con la defunción. Cuando pude burocratisar mi caso, la angustia cedió una pizca y apareció alguito de dolor. Por lo tanto caí en la cuenta de que estaba con una angustia enorme, pues no tenía con qué confrontarla para darme por enterado de su presencia. Es como el cuento del monocromo azul; si sólo existe el azul, no existe el azul. El azul aparece, en un mundo monocromo azul, cuando irrumpe otro color que permite llamar al primero azul. Entonces, así estuve cinco o seis horas: sólo angustia.

La trabajadora social es tajante: "esto se puede hacer de forma privada o no". La cuestión, si tenes guita para pagarle a la casa de sepelios, les llevas a ellos el DNI del difunto y el certificado de fallecimiento, y ellos se encargan de todo. Incluso, me dio a entender, los procedimientos se relajan, porque "ellos tienen gente adentro". En mi estado de angustia masiva entender la frase "ellos tienen gente adentro" me costó el doble que de costumbre, todo suena literal desde la angustia, no hay metáfora. Si no tenia la guita para que la gente, que tiene gente adentro, se mueva rápido tenia que morfarme el garrón de los pobres. ¡Cómo los cagan a los pobres! Ya por empezar, como eran pasadas las dos de la tarde, tenía que volver mañana a las ocho de la mañana porque el Registro Civil de Florencio Varela ya había cerrado. Pero como había comprado a la gente que tiene gente adentro, ese tramite no hacía falta, o se hacía después, o alguien sabrá qué carajo. La cuestión es que, yo necesitaba que la cosa avance. No podía sostener mi psique un letargo de doce horas sin accionar la burocracia mullidita. Y si no tenía la guita, me tenía que ir a mi casa, a veinticinco kilómetros del hospital, para volver a primera hora, a hacer un tramite, en un lugar que prometía ser el primero de una larguísima cadena de pasos. La burocracia de los pobres era una maquina de tortura, pero la burocracia de los que comen gente, perdón, los que tienen gente adentro, era confortablemente adormecedora.

"Ok! Señora trabajadora social, puedo conseguir la plata", parecía la respuesta a un llamado extorcivo del secuestrador. Quieren el cuerpo, denme la plata. "En ese caso, trae el DNI y pedi el certificado". El DNI?, el DNI? uuuuuuhhhh... esta en la loma del culo, a la vuelta.

Mi celular había tambien fallecido. Tengo un aparato de mierda, tenemos, todos nosotros, los argentinos dos celulares per capita en nuestro país, que sirven para mirar porno, ver gente cagándose a piñas, comentar chismes, mirar Facebook, sacar fotos, tomar vídeos, comprar, pero cuando realmente lo necesitas, cuando tenes que dar una mala noticia, una no buena noticias, la mierda esa no anda! A buscar un locutorio. Llamo a mi hermana para que traiga el DNI, y le aviso las noticias no buenas.

Mientras espero, ¿espero? El tiempo dejó de existir. Pasaron cinco horas hasta que llegó el DNI pero para mi fueron un manojo de minutos que se mesclaron con charlas locas y partes de mala noticia. "Sí, falleció esta madrugada", "Sí, no sintió dolor", "Sí, falleció esta mañana", "Sí, no sufrió". Un speach, se me armó un cuentito que repetía mientras el tiempo no me sucedía llegando el DNI.

Una de las charlas, con un amigo, me dió una clave valiosisima para poder seguir lo que me tocaba. Mi amigo acertaba "la muerte de un padre es un momento único que requiere de vos todo el protagonismo, sólo ocurre una vez". Si no hay qué venza a la muerte, sí existe algo que casi lo hace, es la amistad. Las palabras de un amigo ordenaron el espacio afectivo corporal, me pusieron otra vez en la tierra, fueron el atalaya en las pampas desoladas de la angustia, hasta llegar a  la mullida burocracia de la casa de sepelio.

Nos encontramos con mi hermana en el estacionamiento del hospital. Me dijo: "El DNI está en el bolso, yo no lo quiero ni abrir". Abrí el bolso como si fuese el cuerpo mismo del difunto, ahi estaba el librito verde que me permitía salir de la pausa espesa. 

A partir de allí todo con aceite: DNI, denuncia, certificado, donación de corneas, casa de sepelio, pagares. En la casa de sepelios entre como un novato y salí experto en las artes del tramite mortuorio. Fuimos a la sala donde se exponen los cajones fúnebres y elegí el combo para la situación. Lo íbamos a cremar, por lo tanto no tenía sentido gastos extraordinarios en el ajuar. ¿Pero algo tenía sentido? Todos esos cajones, ordenados de menor a mayor precio, listo para ser incinerados o enterrados y corrompidos por el tiempo. Todos, por default, tenían crucifijo. Mi cabeza traducía y ordenaba buscando una sola dirección: "quiero terminar pronto con todo esto". 

El funebrero me pregunta "¿qué contextura tiene el difunto?", "como yo", le respondí y sentí el frío filo de la guadaña con su promesa certera de un mañana incierto. Ajustamos los detalles, va a ser a cajón cerrado, de ocho a catorce y lo cremamos. Esa noche no dormí un carajo. Al otro día estuve parado y fumando en la puerta del velatorio. Me dolía el cuerpo de manera horrible. No llore, ni sufrí. Todo ocurría a la manera en que la angustia procede: dolores, inapetencia, ansiedad, insomnio, speach, abrazos de tapia. Pude sentir sin embargo, que algunas presencias funcionaron como puntales que me sostenían. Cuando todo terminó almorcé mecánicamente y me fui a dormir... catorce horas seguidas, ni las ganas de mear me despertaron.

Una situación fue realmente horrible, cuando tuve que firmar para que trasladaran el cuerpo me dirigí al sector de "Anatomía patológica" del hospital. Si uno no trabaja ahí, o no tiene un muerto que retirar, no transita por Anatomía patológica. El lugar es horrible, queda en la parte de atrás, de la parte de atrás del hospital. Su arquitectura esta dispuesta para el transito fluido de cadáveres; y si digo fluido, digo fluidos del cadáver, que los enfermeros y operarios del servicio deben lavar en unas duchas que, a primera vista, no tienen sentido, salvo cuando podes visualizar que algunos cuerpos deben ser lavados para su ingreso o traslado. Los pibes de la unidad de traslado se pusieron guantes de hule y encararon por la rampa hacia la ancha puerta que conducía a la morgue. No me iba a quedar ahí.  

Pasaron unos días y la angustia sigue. Ya no es sólo angustia, lloré un poco y comencé a sentir algo de dolor. La angustia opera en mí cerrando los conductos por donde siento el placer. Algunas pocas cosas me llenan: amar, comer asado con amigos, jugar fulbo y escribir/leer. Nada pude hacer hasta ahora de todo ello. O sea, lo hice, pero no lo hice. A los días estaba en lo de un amigazo y todo estaba dispuesto para nutrirme de esos recursos inmateriales que se dispensan en la parrilla, en el brindis, en la charla. Pero no estaba ahí. Mi cuerpo sí, pero los receptores no recibían nada. Me sentí un zombi. En otra ocasión jugué fulbo, y lejos estuve de jugar; como dicen "no dí pie con bola". La sensación es que se me rompió algo adentro, que sólo el tiempo puede soldar; aunque quede la herida, una que va doler cada tanto. Pero ahora no, no hay dolor, hay angustia. 

La angustia es como una montaña, que irrumpe en el medio del río, de la nada. Ahora está ahí, mientras el río le come la base. Lo hace, de a poco; sé que el agua se la llevará, pero mientras tanto... 

...hay una montaña en el medio del río.
























domingo, 2 de noviembre de 2014

comer y hablar


Esto no quiere ser psicología, no sé nada de ello, ni me importa. Se trata de pensar desde los agujeros. No pensar los agujeros del sujeto, sino pensarme. Pensar el hecho tan masivo como tener un cuerpo. Mejor dicho, no soy yo quien tiene al cuerpo, porque ello indica una posesión. Soy yo tenido por el cuerpo, es el cuerpo el que me tiene agarrado y no me suelta.  Puedo creer que soy quien lo tiene, que tengo el control y lo domino. Que elijo cuidarlo, alimentarlo, ejercitarlo. Pero es el cuerpo quien me tiene a mí, quien me ancla al mundo. Es el engarce con el mundo. Si el cuerpo nos suelta dejamos de existir. Pensar que uno es el que domina al cuerpo no es más que un capricho, una ficción chiquita.



Y ese cuerpo no es uno macizo y cerrado, no tiene límites definidos. Nuestros contornos son porosos; a nivel microscópico nuestros bordes son difusos, marismas. La piel no es un corte prolijo contra el mundo exterior, es un lugar de tránsito, de nutrición, de intercambio, de respiración. El cuerpo todo lo es: los ojos, los oídos, las fauces, la boca, los genitales, el ano. Y estos agujeros están implicados en funciones vitales a nivel fisiológico, pero no sólo. Por ellos, a través de ellos, ingresamos en la vida social, en los vínculos amorosos, en la cultura. Hablamos, oímos, hacemos el amor, sentimos placer por medio de la piel, escuchamos la música, desarrollamos sentido estético. El punto donde termina la implicancia fisiológica de los agujeros y dónde empiezan a jugar en la cultura y la sociabilidad no está claro. Por la boca comemos, pero no sólo comemos los nutrientes básicos y estrictamente necesarios para el sostén biológico del organismo; por la boca comemos los alimentos de nuestra cultura, cocinados, elaborados, procesados socialmente. Y comemos mucho más que vitaminas, proteínas o grasas. Comemos identidad, comemos palabras, estatus…





Muchas cosas se parecen al hambre pero pocos han sentido realmente hambre. Se llama hambre al aburrimiento, a la ansiedad, a la angustia… El tracto digestivo es acostumbrado por el habito a unos  horarios, a determinadas sustancias y sobre todo a cantidades regulares. Es entonces cuando comienza a comportarse como un alien indómito  que nos gobierna desde adentro, capaz de hacernos caminar hasta la heladera o alacena, mover nuestros brazos y manos, y llevar la comida a la boca. 

Alguna vez leí que la sabiduría zen no es otra cosa que dormir cuando se tiene sueño y comer cuando se tiene hambre. Ja! Nada más! Le comento ésto a un parroquiano que me contesta: “Eh! Yo duermo cuando tengo sueño y como cuando tengo hambre!” Pero por favor! Que lindo momento me hizo pasar ese señor con sus ciento cincuenta kilos de peso y su monedero repleto de pastillas para la presión, para el dolor de cabeza, el de pansa, para dormir, para despertar, para sacar el hambre. Un maestro Zen ingresa al monasterio y cursa quince años de su vida dentro, y un pobre cordero del capitalismo metropolitano y occidental cree tener sabiduría zen por milagro del supermercado, el cable y el wifi. Que lindo momento. Comer cuando tenemos hambre, ¿quién ha esperado a tener hambre realmente para comer? Los que sufren el hambre no la eligen.



Ahora bien, lo que llamamos hambre para el comer, ¿cómo se llama para el habla? Cuando necesitamos hablar ¿qué nombre le ponemos a eso? Y cuando digo necesitamos tenemos que precisar, porque una cosa es necesitar comer algo porque nuestro organismo necesita materialmente los nutrientes, y otra cosa es necesitar comer algo por una cuestión anímica. Dicen que el primer ansiolítico es el pan. Entonces, ¿cómo llamamos a ese estado en el cual necesitamos hablar? ¿Existe el hambre de habla? ¿Nunca sintieron incontenibles ganas de decir? Conozco personas que no pueden parar de hablar, que no registran si uno está, o no, escuchándolas, si el oído percibe, si otros ruidos compiten, u otras palabras lo pisan. Pedirles que se callen es ofensivo, si te interesa mantener un vínculo. Y llega un punto donde ni siquiera les importa si les prestas atención, sólo quieren hablar, saciar su hambre de habla. También conozco gente que tiene cierta anorexia de habla. No dice. Vincularnos es horrible cuando el otro no habla.



Lo que intuyo es que existe cierto nudo de complejidad en torno al dominio, o gobierno, de sí mismo: regular  el habla y el comer define la persona que somos. Recuerdo un capitulo de los Simpson en el cual, no sé por qué razón, a Homero le tienen que cerrar la boca y no puede hablar, ni comer sólidos. Entonces el tipo comienza a adelgazar, ya que sigue una dieta líquida (que en un primer momento consta de costillas de cerdo y puré de papas procesados). Pero no sólo baja de peso, también estiliza su contextura anímica. No poder hablar lo dispone a escuchar con atención a los otros (y probablemente así mismo). Así redescubre a su entorno familiar, aparece la singularidad de cada uno a través de las palabras oídas. El moño del asunto ocurre cuando van a una fiesta y Homero está más delgado y sobre todo muy bien dispuesto, atento a la palabra de los otros, rechaza las vituallas y el alcohol, se ha vuelto todo un seductor.




Lo que comemos y lo que decimos, cómo comemos y qué decimos nos define, nos tornea, la carne y el espíritu. Es binario, abrir y cerrar la boca, sólo se trata de eso, de saber abrir y cerrar la boca. Y parece tan simple, tan sencillo. No decir eso que no debo decir, no comer, o tomar, aquello que sé que hace mal. Y sin embargo, tan sencillo que parece y tan difícil resulta al final. A la mayoría de nosotros nos ocurre que comemos y hablamos más de lo conveniente. 

viernes, 31 de octubre de 2014

Fulbotopias, la revolución encartada

Hola Claudio, ¿cómo andas?, soy Federico de La Plata. La ultima vez quedamos en ir a pescar  a la isla Paulino, en Berisso, pero la sudestada nos cagó la joda.  Hoy te escribo porque me sucedió algo muy raro, vos tenés que ver; no se sí es una broma o qué.



Como habrás visto,  las veces que viniste a matear a casa, o a tomar unas birras, tengo todos los rincones repletos de libros, revistas, carpetas, papeles… Resulta que ayer domingo, luego de corregir los parciales de la escuela de psicología social de Gonnet,  me puse a buscar unos apuntes sobre un argumento épico que escribí hace muchos años, donde una especie de Connan era el protagonista, y juro que es el argumento de Games of Trones. Y lo que encontré me dejó absorto, muy cerca del horror: una carta tuya, una muy rara. Esta escrita de tu puño y letra pero con fecha en el futuro.  No se si es una joda que vos me has hecho, quiero pensar que sí. Espero que la hayas escondido entre las pilas de apuntes y notas en tu última visita, como tendiéndome una emboscada para que yo la encuentre alguna vez. Esa vez fue el último domingo.



La carta, como decía, está fechada en el futuro, dentro de unos cincuenta y seis años: 2070. En ella me decís, porque está dirigida a mi persona, que todo ha cambiado drásticamente en el mundo a raíz de  una crisis sanitaria, producida por  una epidemia africana; más la crisis del capitalismo europeo. Y el detonante de todo es cómico, curioso y bizarro: el trágico episodio que protagonizó Messi en la final del mundial de Rusia 2018, cuando volvió del entre tiempo con las fauces repletas de merca y una M-60 colgando de sus brazos, y acribillo a tiros al seleccionado de Alemania, al de Argentina y a toda la Comisión Directiva de la FIFA, para luego pegarse un tiro.

“La masacre de Lio”, o “la final negra” como se la conoció, fue televisada masivamente a todo el mundo, del mismo modo que se televisaron todos los partidos. Millones de espectadores fueron testigos del horrendo y bizarro episodio. El impacto mediático fue tan grande, contás, que las masas proletarias y populares lograron entender el hondísimo daño que había producido el capitalismo financiero internacional en un pibito que a fuerza de jeringazos en las piernas y voluntad logró torcer su destino hasta convertirse en el diez de la selección nacional. Las gentes del orbe entero comprendieron entonces,  a través de las sangrientas imágenes transmitidas en HD, cómo la guita había estropeado al mágico pibe. Tan fuerte y triste fue lo visto que las defensas inmunológicas de la población cayeron a niveles peligrosísimos, haciendo que la peste africana arrasara con el 40 % de la población mundial.



Lo que surgió luego del amargo transito fue una crisis política y social sin precedentes. Ponés como analogía la crisis que sufrieron los pueblos originarios en América cuando la llegada del europeo. Aun así no lo puedo imaginar. Luego de tal sismo se constituyó un nuevo régimen fundado en la pasión más pura y genuina del pueblo. Bajo la consigna “nunca más el capitalismo arruine a los pibes” se fundó un orden revolucionario, que intentás explicarme en la extensa carta. Me quedo con el nombre que usas para llamar al nuevo régimen: “las fulbotopias”. Decís que ya no existen los países, que sólo hay fulbotopias, lugares fulbolisticos que están organizados en base a un territorio que rodea a un estadio; como la vieja plaza del pueblo, alrededor de la cual se encontraba la taquería, la iglesia, el banco etc… En las fulbotopias encontramos un estadio en el centro y la unidad política es lo que se organiza a su alrededor. 



La organización política nacional se ha disuelto en ligas, ya no mas países, sino ligas de las que participan las distintas fulbotopias. Las ligas son regionales; nombras algunas, por ejemplo: la del Rio de la Plata, la del Litoral, la Cuyana, la del Antiplano. Algunas de estas ligas están federadas en una supra regional y esta entidad es lo más parecido a lo que nosotros llamamos país. Ya no mas Argentina, Brasil, Uruguay, Chile…



Lo que puedo interpretar de tu crónica del futuro es que el pueblo se ha cansado de que el fulbo sea la sierva del capital financiero. Ya no mas negocios con el arte más puro y prístino. Me hiciste acordar de la Esparta antigua, esa cultura particular que disponía todos sus recursos y fuerzas para la guerra. También me acordé de la Europa medieval y su centralidad religiosa, definiendo el sentido completo de la vida. Entonces me di cuenta qué es el mundo que me pintas en la carta. El mismo lugar que tenia la guerra en Esparta, o la religión en la Europa medieval, lo tiene el fulbo en ese mañana que relatas. En el centro de todo el fulbo. 

Sí, una sociedad en la cual el fulbo es el alfa y omega, que organiza la vida, el comercio y la religión. Ya veo venir a los que dicen que no hace falta un futuro fantástico para encontrar al fulbo en el centro de la maquina significadora; pero no queridos, no es así; el fulbo hoy es insumo para otra cosa que organiza nuestras vidas: el capitalismo financiero internacional. Que a pesar de la dominación que ejerce el capital sobre el fulbo, este siga apareciendo, y pareciéndonos, central y autónomo, quiere decir de la importancia sustancial del mismo para los ánimos de la masa, de lo hondo y genuino que es para el pueblo. 




De ese capitalismo se cansan los pobres y trabajadores del futuro, y el punto de inflexión es la pulga reventando a tiros a los jugadores más caros de la historia, haciendo entrar en crisis a todos los bancos, aseguradoras, agencias de apuestas, grupos inversores, clubes de fulbo, carteles petroleros. Con una simple ametralladora, que supo entrar en el baúl de su Audi último modelo, al mejor estilo Heisemberg. El capitalismo financiero post moderno, que tanto se jactaba de su flexibilidad, de su poder de acomodamiento, jamás se recuperó del increíble golpe asestado por el Messias.



Me preocupa tu respuesta a esta carta. Una de las cosas que contás me hace sospechar en la veracidad de la misma, y es que no pintas un mundo donde todo está bien. Por ejemplo, siguen existiendo las guerras, pero ellas se dirimen de un modo bien distinto al nuestro. Cuando una fulbotopia invade a otra, hay piñas, corridas y piedrazos, se afanan las banderas, pero lo que decide la suerte del enfrentamiento es un partido que se juega en el estadio de la fulbotopia invadida. Me sorprenden los móviles de estas nuevas guerras, por ejemplo, aquella que se originó cuando una liga mesopotámica invadió la banda oriental para lograr el control de cierta área geográfica desde la cual, era bien sabido, surgían buenos marcadores centrales. Ya no guerra por petróleo, oro, o minas de carbón, el nuevo recurso estratégico es el humano, el lúdico, el deportivo… interesante.



Lo que no puedo imaginarme cómo es eso de planteles de primera división hipermasivos, de doscientas cincuenta personas. No han sobrevivido los Estados Nacionales pero sí los Clubes de Fulbo. No comprendo cómo es esa cotidianidad donde hay fechas de primera división todos los días, menos los domingos, (naturalmente, en conmemoración del día en que se jugaban los partidos cuando el capital dominaba la vida social y corrompía al preciado fulbo). Tampoco me puedo hacer la idea de un mundial por año. Y lo más sorprendente es que se haya prohibido de modo tajante todo negociado relativo a su televisación. No más “Futbol para todos”, sino fulbo de todos. Está terminantemente prohibida la transmisión de los partidos.  Por lo que contás, los Estadios son bastante más importantes en tamaño y significancia. No sólo se encuentra en ellos la sede del gobierno local sino que pueden albergar hasta ochocientos mil espectadores, impactante.



Otra de las cosas sorprendentes es que ya no existe la escuela, al menos, como la conocemos. Desde chicos, los niños y las niñas, van a institutos públicos donde aprenden a jugar al fulbo, a dirigir técnicamente, o ser árbitros. Entre paréntesis, me quedo absolutamente tranquilo con que no haya la tecnología suplido al factor humano arbitral; me reconforta.

Ojala pueda encontrar la foto que decís mandarme en la carta:  la estatua colosal que han erigido donde antes estaba el obelisco, en la cual D10S lo toma en brazos al Messias, perdonándolo por los crímenes de aquella final y recordándole a las masas el poder de corrupción que tiene el capital sobre el fulbo… Me gustó la frase que han tallado en su base “el oro nunca debió dejar de ser el sudor de los dioses jugando fulbo; todo comenzó a andar mal cuando se fundió para acuñar moneda”.



Espero con ansias tu respuesta inmediata, vernos pronto para analizar el documento. Podemos vernos en casa o voy para la Capi. Carne asada mediante.

Abrazos

Federico.





miércoles, 8 de octubre de 2014

Cover de Ezequiel Martinez Estrada: el cuchillo


El cuchillo va escondido porque no forma parte del atavío sino del cuerpo mismo. Participa del hombre, de su carácter, más que de indumentaria.

Es un adorno intimo, que va entre las carnes y la ropa, algo que pertenece al fuero privado, al secreto de la persona, y que sólo se exhibe en los momentos supremos; pues es también una manera de arrancar una parte recóndita y de arrojarla afuera. Exige el recato de la pija, a la que se parece por similitudes que cien cuentos obscenos pregonan; quien muestra el cuchillo sin necesidad es un pendejo.

El duelo a cuchillo presupone intimidad, excluye al testigo y al que quiere interceder para separar.




No tiene, por completo, la forma de un arma, porque si falla es porque falla el brazo, y la eficiencia de su punta depende de la seguridad que posea en sí mismo el que hace el lance. El cuchillo es la punta de acero donde concluye el ímpetu.

Ninguna arma da tanta fe en sí mismo después de la victoria. El vencedor siente que la victoria es más del mango que de la hoja metálica. El tajo certero puede gloriar toda la existencia de quien lo aplica. Siempre recordó Necochea la vez que, atravesando una tropa enemiga, a caballo y en pelo, cercenó hasta la columna vertebral, que era proeza en el arte del degüello, a un godo que se le enfrentó.

El cuchillo en la vaina está fuera del mundo real; esta reposando, aunque nunca lo hace completamente. Tiene el sueño enigmático de los felinos. Debajo de la almohada es el perro fiel y en la cintura el ojo en la espalda que mira con sospecha. Es más que el dinero en el bolsillo y la mujer en la casa. Es el alimento en cualquier lugar, reparo del sol y de la lluvia. Da tranquilidad en el sueño,  confianza cuando se transitan malos caminos, seguridad en sí mismo. Es lo único que va a seguir estando con uno cuando todo se vuelva en contra. Lo que basta para probar la fama y la legitimidad de lo que se posee.



En manos del obrero es instrumento de justicia y libertad. Según Alberdi el individuo que lo porta “lleva el gobierno consigo”. No en vano cuchillo significa derecho de gobernar y de juzgar.

Por medio del cuchillo clavado podemos percibir, a través del brazo, el estertor de la víctima. Y por la sangre que moja la mano, la agonía tibia, el derrame de la vida del otro, y la afirmación de la existencia de uno.

Sirve, naturalmente, para subrayar la razón, para hablar con sinceridad.  En las manos infantiles del niño y de la mujer, es dócil para la tarea domestica. Corta el pan y monda fruta. Pero cuando se conoce el secreto de su manejo, de la esgrima, es peligroso. El conocimiento del arte cisoria es fatal, como lo es el arte de hacer un buen verso; se llega por uno y por el otro, (cuchillo y verso) a lugares insospechados; incluso donde no se quería llegar.



Sirve para matar, y particularmente para matar al hombre, eliminando la impuridad por alejamiento que permite el arma de fuego. Es la síntesis de todas las herramientas que manejó el hombre desde sus orígenes. Ameghino encontró cinco clases de cuchillos distintos, de piedra, en nuestra pampa.

Es la única arma que sirve para ganarse el pan con humildad y la que en el rastro de sangre adherida denuncia el crimen. Es en ocasiones más rápida que el insulto, y muy difícil de medir, o graduar en la agresión, porque cuando el alma puede retractarse, la mano ya cumplió el primer impulso inconsciente; por lo cual diríamos que resulta más veloz que el pensamiento.

Cuando entra en un cuerpo lo hace hasta chocar el puño. Ese contacto que bastaría para perdonar, indica lo consumado sin remedio.

La espada tiene su escuela y su estilo. El cuchillo es intuición y autodidacta. El maestro no puede enseñar nada al discípulo, todo se aprende con el ejercicio, si se posee el don y el coraje.



El cuchillo no admite el simulacro. Tirar cuchillos como exhibición es una boludez. Repugna al índole del arma, en cuanto debe soltarse de la mano. Todo ello es extraño a su naturaleza.

En el combate no hay fría racionalidad, sino golpe de vista, intuición. El lance depende de lo que brota en cada instante, es una gambeta.

Puede llevarse entre las ropas y entonces adquiere el merito de un amuleto junto a la carne. Participa de lo mágico. Su fidelidad se siente paso a paso en la marcha pedestre y es la compañía de la pierna. Se lo lleva en la cintura que es la altura del cuerpo en que los brazos descansan con naturalidad. Al costado va el ancho y corto que es el de desollar. El que se lleva a la espalda, insinuándose debajo de la ropa, agazapado, es el peligroso, el prohibido.

Es raro el suicidio con él; no se vuelve contra el amo, como puede hacerlo un perro; que es lo que más se le parece. Cuando dos se saludan, y hay confianza, amagan a extraerlo.

Golpeando de plano significa una ofensa. Cuando un perejil boquea puede usarse para tatuarlo en la mejilla o en la frente, como la marca que se le pone a la hacienda o al esclavo. Esto indica un nivel elevado en el arte de su manejo.



El golpe con el filo, el hachazo, indica desprecio; es así como el peón hiere al patrón, o el gaucho al extranjero.