miércoles, 17 de junio de 2026

Caminar y mirar

 

Caminar y mirar

“Todo mirar que no implique caminar merece sospecha.”

Nuestro cuerpo es adaptativo, baila con su entorno. Desde el comienzo cambiaban juntos. La velocidad de ese cambio era pausada, lenta, prolongada, de dimensiones geológicas. Cuerpo que bailaba con el cosmos, con las estrellas. Cuerpo que se va a dormir cuando no está, que se despierta cuando sale, cuerpo que está hecho de lo mismo que ellas. Así fue por mucho tiempo, hasta que acontecieron revoluciones tecnológicas

La armónica figura que componían cuerpo y estrella será disuelta por las revoluciones tecnológicas. Estas producen un rápido cambio del entorno, uno que el cuerpo no puede seguir, porque cambia a escala milenaria. Los tiempos geológicos y evolutivos estaban engarzados. Ya no. La revolución tecnológica nos puso en un entorno tan otro que la especia aún no se acomoda. Estamos hechos para caminar, para caminar mucho.

Hoy en día existen tribus que viven como vivía la humanidad hace quince mil años. Les llaman cazadores recolectores. Podemos decir que el modo de producción social de estos grupos es cazador recolector. Caminan cuarenta kilómetros al día. Recorren un circuito anual que cambia con el cosmos, con las estaciones. Ya no, pero hace mucho, la dinámica consistía en ir detrás de grandes manadas de mamíferos lanudos gigantes. O sea, caminaban mucho los cazadores y también los animales, todos siguiendo el dictado solar.

Y yo acá, sentado hace horas, mirando teclas y un monitor, ¿qué digo uno?, dos, ¡y el celular! Otro modo de producción social y ya no caminamos cuarenta kilómetros por día, ni siquiera cinco. Ya no comemos carne y grasas dos veces al mes. Ya no comemos granos y frutas aun no domesticados. Las tripas básicamente son las mismas que hace quince mil años.



Hicimos del bipedismo nuestro sello único. Somos la única especie que su medio de locomoción es el bipedismo. Nosotros caminamos, los simios braquian. La braquiación es ir colgándose de rama en rama. Sus brazos largos y sus manos en forma de gancho, están hechos para ir balanceándose entre las copas de los árboles. Homo erectus es la consumación de caminar; Homo erectus salió de Africa, y pobló Asia y Europa. Y lo gracioso es que primero Asia y luego Europa, como que en un momento doblaron a la derecha y ya.



Así como el bipedismo es propio de nuestra especie, la mirada en profundidad es del modo de andar de los simios. Para poder lanzarse de una rama a otra en medio del follaje de la selva los monos tuvieron que desarrollar una visión que trate al espacio no como un paño sino con profundidad de campo. Hay ramas más cerca y otras más lejos. Distingue la profundidad de campo es propio de este modo de locomoción.



La mirada al contrario del caminar no es propio de nosotros. Debo corregirme, porque una cosa es la mirada y otra muy distinta el ojo como órgano del cuerpo. La mirada tiene una complejidad distinta del ojo. Hay ojo sin mirada pero no mirada sin ojo.

El ojo evoluciona en medios acuáticos. El ojo es acuático. Evolucionó en el agua. En el principio el ojo era una agrupación de células fotosensibles que permitían al organismo vivo “ver” la luz y esquivarla. Porque los individuos que anduviesen por la superficie serian afectados por los rayos ultra violeta y consecuente su ADN seria dañado. Los organismos que podían ver la luz e ir a la profundidad tenían una mayor tasa de reproducción.

El siguiente paso del ojo fue volverse cuenco. Las células fotosensibles ahora podían discernir la dirección de la cual llegaba el rayo de luz. La forma de cuenco de la cavidad le permite al ojo salir del brete binario: luz – no luz. Ahora el organismo  permite saber de qué lado viene ese rayo de luz, y también la ausencia de él. Esta complejidad permite componer bultos lumínicos y bultos de oscuridad. Imaginemos un segundo la ventaja que puede tener un depredador si compone bultos con sus ojos, vale también para las presas.



El tercer paso fue un cuenco más profundo y un estrechamiento de la entrada de la cavidad, uno extremo. La entrada del ojo se volvió del grosos de un alfiler. Ahora la cavidad recibía una cantidad muy sublime de luz, digamos que ya no se encandilaba. Esto permitió componer objetos.

Por último, como decíamos antes, el medio donde el ojo evolucionó fue acuático. El agua hacia las veces de lente fluido. Fue reemplazada por una goma trasparente a cuyos lados se enganchaban músculos que tensaban o aflojaban. Así nace el lente y con él, el ojo, logra componer imágenes.

El modo en el que el ojo trata  la luz, es tan efectivo, que la gran masa biótica llegó a configurarlo por tres caminos distintos. Los ejemplos son el Homo sapiens, el pulpo y la lechuza. Estas especies lograron ojos muy parecidos por caminos distintos. Podemos decir que de las tres especies nosotros tenemos los ojos más fuleros.



Volviendo a la cuestión de la mirada y los ojos, tenemos un punto a pensar demasiado profundo aquí.  El ojo es un órgano sublime que nos permite componer imágenes. Y la mirada es efecto de un sujeto que habita ese órgano llamado ojo. Componer imágenes no es lo mismo que componer miradas. Si el ojo es acuático la mirada es plástica. Ver no es mirar, viendo no decimos. Se dice con la mirada.

 Es más, quiero pensar que el bipedismo permitió mirarnos. Cuando nos erguimos podemos mirarnos de frente. Y desde ahí modular la mirada. Pararnos en dos piernas nos liberó las manos para hacer con ellas, para mano facturar. Pero también, y quizás necesariamente, mirar se volvió fundamental. Más aun cuando las palabras eran inexistentes y los gestos escasísimos.



Caminar y mirar tienen un fuerte lazo constitutivo. No sólo porque al pararnos, ver, puede volverse mirar. También porque mirar parado permite modular infinitas miradas. La mirada, a diferencia de ver, puede configurar distintas modalidades. Se ve o no se ve, pero las miradas son múltiples. ¿Podemos pensar una historia de la mirada? ¿O más que una historia, una evolución de la mirada?

Ponerse de pie nos permite configurar la mirada, ponerse de pie implica caminar. No nos ponemos de pie para mirar la tele, nos ponemos de pie porque ir saltando de rama en rama no va más. Porque el bosque en la sabana se disipa y mejor que te pongas de pie rápido, y que mires bien, porque no sólo es ver al león, o al tigre, sino que es mirarse entre los de la manada, porque mirarse es comunicar. Mirar es mirarnos.

Ver es unidireccional. La mirada implica al que mira y a otro más, que ve la mirada, y la significa, e inicia un ciclo de compartir miradas.

Esta es la hipótesis: entre el Homos  con lenguaje simbólico y sin lenguaje, hubo una especie de transición o eslabón perdido gestual y anímico. Como una ensenada entre el agua y la tierra. El agua como punto  de partida, del cual venimos; ahí no hay lenguaje simbólico. Y luego el territorio, al cual llegamos,  que ahí sí, hay lenguaje simbólico. Entonces, creo yo, que pararnos, la mirada, la gestualidad del rostro, es una especie de pantano o ciénaga entre esos dos mundo. Es decir, el campo de las miradas, que aflora al ponernos de pie, hace un mundo anfibio entre la animalidad pura y la cultura.



Aprendimos a mirarnos en los momentos más difíciles. Ver, ya veíamos desde peces. Ver es una papa cuando tenés ojos que evolucionaron por miles de años. ¿Pero mirar? ¡Ahí te quiero  ver! Aprendimos en el momento más difícil de nuestras frágiles vidas, aun cuando no había palaras. Mirarnos fue lo que nos permitió darnos la mano y escapar. Justo antes de que aparezcan las palabras y los planes, y todo eso. Aprendimos a mirarnos cuando todo se iba a pique. Y sí, las palabras nos dieron el lenguaje, la religión y el arte… pero antes de eso, en la brutalidad más áspera del existir, fue en la mirada que nos encontramos, una mirada caminante y austera. Fue la mirada la que nos permitió elegir el modo en que queríamos morir;  en un tiempo donde morir no implicaba ningún drama ni verso.

Está todo bien con el lenguaje y las maravillosas funciones superiores de la conciencia. Pero el lenguaje tiene con toda la furia cuarenta mil años; y el sapiens doscientos mil. ¿Qué hicimos esos ciento cincuenta mil años que no había palabras? Nos mirábamos; caminábamos y nos mirábamos. Y no había ni palabra, ni ley, ni Estado. Porque la mano prensil sirvió para hacer tecnología, pero también sirvió para agarrar la mano del otro que estaba ahí al lado. Caminando juntos, agarrados de la mano. Mirarse y saber qué hacer, lo que sea.



La mano prensil sirvió para tomarnos de la mano, el bipedismo para mirarnos fuerte.

El relato del capitalismo tecno científico ha postulado sobre el bipedismo y la mano prensil, pero desde una matriz productiva, trabajo centrista. Erguirnos no sólo liberó nuestras manos para producir. Han querido ver ahí la adaptación definitiva para la elaboración de herramientas y utensilios. Pero no fue sólo eso. Ponernos de pie permitió mirarnos, y liberar las manos prensiles para tomarnos de ellas. Mirarnos y agarrarnos la mano configuró ese espacio necesario para la aparición del lenguaje.  Entre la animalidad pura y la revolución neolítica hubo un momento donde nos mirábamos para hacernos entender, caminando, tomándonos de la mano, agarrar el brazo del compañero para llamar su atención, tomar el hombro y abrazarlo para acompañarlo en su interior. La mano agarra, el bipedismo nos pone cara a cara, y mirarnos, las miradas, el mirar, fundan el sitio afectivo desde el cual va a emerger la palabra y todo su imperio.