Caminar y mirar
“Todo mirar que no implique caminar merece
sospecha.”
Nuestro cuerpo es adaptativo, baila con su
entorno. Desde el comienzo cambiaban juntos. La velocidad de ese cambio era
pausada, lenta, prolongada, de dimensiones geológicas. Cuerpo que bailaba con
el cosmos, con las estrellas. Cuerpo que se va a dormir cuando no está, que se
despierta cuando sale, cuerpo que está hecho de lo mismo que ellas. Así fue por
mucho tiempo, hasta que acontecieron revoluciones tecnológicas
La armónica figura que componían cuerpo y estrella
será disuelta por las revoluciones tecnológicas. Estas producen un rápido cambio
del entorno, uno que el cuerpo no puede seguir, porque cambia a escala
milenaria. Los tiempos geológicos y evolutivos estaban engarzados. Ya no. La
revolución tecnológica nos puso en un entorno tan otro que la especia aún no se
acomoda. Estamos hechos para caminar, para caminar mucho.
Hoy en día existen tribus que viven como vivía la
humanidad hace quince mil años. Les llaman cazadores recolectores. Podemos
decir que el modo de producción social de estos grupos es cazador recolector. Caminan cuarenta kilómetros al día. Recorren un
circuito anual que cambia con el cosmos, con las estaciones. Ya no, pero hace
mucho, la dinámica consistía en ir detrás de grandes manadas de mamíferos
lanudos gigantes. O sea, caminaban mucho los cazadores y también los animales,
todos siguiendo el dictado solar.
Y yo acá, sentado hace horas, mirando teclas y un monitor, ¿qué digo uno?, dos, ¡y el celular! Otro modo de producción social y ya no caminamos cuarenta kilómetros por día, ni siquiera cinco. Ya no comemos carne y grasas dos veces al mes. Ya no comemos granos y frutas aun no domesticados. Las tripas básicamente son las mismas que hace quince mil años.
Hicimos del bipedismo nuestro sello único. Somos la única especie que su medio de locomoción es el bipedismo. Nosotros caminamos, los simios braquian. La braquiación es ir colgándose de rama en rama. Sus brazos largos y sus manos en forma de gancho, están hechos para ir balanceándose entre las copas de los árboles. Homo erectus es la consumación de caminar; Homo erectus salió de Africa, y pobló Asia y Europa. Y lo gracioso es que primero Asia y luego Europa, como que en un momento doblaron a la derecha y ya.
Así como el bipedismo es propio de nuestra
especie, la mirada en profundidad es del modo de andar de los simios. Para
poder lanzarse de una rama a otra en medio del follaje de la selva los monos
tuvieron que desarrollar una visión que trate al espacio no como un paño sino
con profundidad de campo. Hay ramas más cerca y otras más lejos. Distingue la
profundidad de campo es propio de este modo de locomoción.
La mirada al contrario del caminar no es propio de
nosotros. Debo corregirme, porque una cosa es la mirada y otra muy distinta el
ojo como órgano del cuerpo. La mirada tiene una complejidad distinta del ojo.
Hay ojo sin mirada pero no mirada sin ojo.
El ojo evoluciona en medios acuáticos. El ojo es
acuático. Evolucionó en el agua. En el principio el ojo era una agrupación de
células fotosensibles que permitían al organismo vivo “ver” la luz y esquivarla.
Porque los individuos que anduviesen por la superficie serian afectados por los
rayos ultra violeta y consecuente su ADN seria dañado. Los organismos que
podían ver la luz e ir a la profundidad tenían una mayor tasa de reproducción.
El siguiente paso del ojo fue volverse cuenco. Las
células fotosensibles ahora podían discernir la dirección de la cual llegaba el
rayo de luz. La forma de cuenco de la cavidad le permite al ojo salir del brete
binario: luz – no luz. Ahora el organismo
permite saber de qué lado viene ese rayo de luz, y también la ausencia
de él. Esta complejidad permite componer bultos lumínicos y bultos de
oscuridad. Imaginemos un segundo la ventaja que puede tener un depredador si
compone bultos con sus ojos, vale también para las presas.
El tercer paso fue un cuenco más profundo y un
estrechamiento de la entrada de la cavidad, uno extremo. La entrada del ojo se
volvió del grosos de un alfiler. Ahora la cavidad recibía una cantidad muy
sublime de luz, digamos que ya no se encandilaba. Esto permitió componer
objetos.
Por último, como decíamos antes, el medio donde el
ojo evolucionó fue acuático. El agua hacia las veces de lente fluido. Fue
reemplazada por una goma trasparente a cuyos lados se enganchaban músculos que
tensaban o aflojaban. Así nace el lente y con él, el ojo, logra componer
imágenes.
El modo en el que el ojo trata la luz, es tan efectivo, que la gran masa
biótica llegó a configurarlo por tres caminos distintos. Los ejemplos son el
Homo sapiens, el pulpo y la lechuza. Estas especies lograron ojos muy parecidos
por caminos distintos. Podemos decir que de las tres especies nosotros tenemos
los ojos más fuleros.
Volviendo a la cuestión de la mirada y los ojos,
tenemos un punto a pensar demasiado profundo aquí. El ojo es un órgano sublime que nos permite
componer imágenes. Y la mirada es efecto de un sujeto que habita ese órgano
llamado ojo. Componer imágenes no es lo mismo que componer miradas. Si el ojo
es acuático la mirada es plástica. Ver no es mirar, viendo no decimos. Se dice
con la mirada.
Es más,
quiero pensar que el bipedismo permitió mirarnos. Cuando nos erguimos podemos
mirarnos de frente. Y desde ahí modular la mirada. Pararnos en dos piernas nos
liberó las manos para hacer con ellas, para mano facturar. Pero también, y
quizás necesariamente, mirar se volvió fundamental. Más aun cuando las palabras
eran inexistentes y los gestos escasísimos.
Caminar y mirar tienen un fuerte lazo
constitutivo. No sólo porque al pararnos, ver, puede volverse mirar. También
porque mirar parado permite modular infinitas miradas. La mirada, a diferencia
de ver, puede configurar distintas modalidades. Se ve o no se ve, pero las
miradas son múltiples. ¿Podemos pensar una historia de la mirada? ¿O más que
una historia, una evolución de la mirada?
Ponerse de pie nos permite configurar la mirada,
ponerse de pie implica caminar. No nos ponemos de pie para mirar la tele, nos
ponemos de pie porque ir saltando de rama en rama no va más. Porque el bosque
en la sabana se disipa y mejor que te pongas de pie rápido, y que mires bien,
porque no sólo es ver al león, o al tigre, sino que es mirarse entre los de la
manada, porque mirarse es comunicar. Mirar es mirarnos.
Ver es unidireccional. La mirada implica al que
mira y a otro más, que ve la mirada, y la significa, e inicia un ciclo de
compartir miradas.
Esta es la hipótesis: entre el Homos con lenguaje simbólico y sin lenguaje, hubo
una especie de transición o eslabón perdido gestual y anímico. Como una
ensenada entre el agua y la tierra. El agua como punto de partida, del cual venimos; ahí no hay
lenguaje simbólico. Y luego el territorio, al cual llegamos, que ahí sí, hay lenguaje simbólico. Entonces,
creo yo, que pararnos, la mirada, la gestualidad del rostro, es una especie de
pantano o ciénaga entre esos dos mundo. Es decir, el campo de las miradas, que
aflora al ponernos de pie, hace un mundo anfibio entre la animalidad pura y la
cultura.
Aprendimos a mirarnos en los momentos más
difíciles. Ver, ya veíamos desde peces. Ver es una papa cuando tenés ojos que
evolucionaron por miles de años. ¿Pero mirar? ¡Ahí te quiero ver! Aprendimos en el momento más difícil de
nuestras frágiles vidas, aun cuando no había palaras. Mirarnos fue lo que nos
permitió darnos la mano y escapar. Justo antes de que aparezcan las palabras y
los planes, y todo eso. Aprendimos a mirarnos cuando todo se iba a pique. Y sí,
las palabras nos dieron el lenguaje, la religión y el arte… pero antes de eso,
en la brutalidad más áspera del existir, fue en la mirada que nos encontramos,
una mirada caminante y austera. Fue la mirada la que nos permitió elegir el
modo en que queríamos morir; en un
tiempo donde morir no implicaba ningún drama ni verso.
Está todo bien con el lenguaje y las maravillosas
funciones superiores de la conciencia. Pero el lenguaje tiene con toda la furia
cuarenta mil años; y el sapiens doscientos mil. ¿Qué hicimos esos ciento
cincuenta mil años que no había palabras? Nos mirábamos; caminábamos y nos
mirábamos. Y no había ni palabra, ni ley, ni Estado. Porque la mano prensil
sirvió para hacer tecnología, pero también sirvió para agarrar la mano del otro
que estaba ahí al lado. Caminando juntos, agarrados de la mano. Mirarse y saber
qué hacer, lo que sea.
La mano prensil sirvió para tomarnos de la mano,
el bipedismo para mirarnos fuerte.
El relato del capitalismo tecno científico ha
postulado sobre el bipedismo y la mano prensil, pero desde una matriz
productiva, trabajo centrista. Erguirnos no sólo liberó nuestras manos para
producir. Han querido ver ahí la adaptación definitiva para la elaboración de
herramientas y utensilios. Pero no fue sólo eso. Ponernos de pie permitió
mirarnos, y liberar las manos prensiles para tomarnos de ellas. Mirarnos y
agarrarnos la mano configuró ese espacio necesario para la aparición del
lenguaje. Entre la animalidad pura y la
revolución neolítica hubo un momento donde nos mirábamos para hacernos
entender, caminando, tomándonos de la mano, agarrar el brazo del compañero para
llamar su atención, tomar el hombro y abrazarlo para acompañarlo en su
interior. La mano agarra, el bipedismo nos pone cara a cara, y mirarnos, las
miradas, el mirar, fundan el sitio afectivo desde el cual va a emerger la
palabra y todo su imperio.







